Duración 1 mes aprox.
Los cursos se están actualizando con la inteligencia artificial. Intentamos estar siempre a la vanguardia de los avances de la IA: las herramientas cambian, y el temario se revisa para que lo aprendido siga sirviendo al publicar.
Añadido al carrito. Ver el precio final.
El curso Ancla enseña a construir una página web propia, de principio a fin, para un negocio que necesita un sitio claro y publicable. No es un curso de programación avanzada. Es el oficio de decidir qué páginas hacen falta, cómo se nombran, qué va en cada una y cómo se deja el sitio en internet para que otra persona pueda encontrarlo y entenderlo. El punto de partida es un negocio real: un taller, un apartamento, una consulta o una tienda. A partir de esa oferta se construye el sitio, no al revés.
Empieza por el mapa del sitio. Un negocio pequeño no necesita veinte páginas. Necesita una de inicio que diga qué se ofrece, una de servicios, una de contacto y, si el trabajo se puede mostrar, una de ejemplos. En Ancla se aprende a nombrar esas páginas con palabras que una persona usaría, no con etiquetas internas. La dirección de cada página, el título que aparece en la pestaña y el encabezado principal tienen que decir lo mismo. Esa repetición, bien hecha, es la base para que el sitio se entienda y para que más adelante se pueda posicionar. También se decide qué no entra: páginas vacías, blogs sin fecha de actualización y secciones que solo existen porque la plantilla las traía.
Después se trabaja el HTML con sentido. Un título es un h1 y solo hay uno por página. Un subtítulo es un h2. Un párrafo es un párrafo. Un botón es un enlace o un botón de verdad, no una imagen con texto encima. Se ve la diferencia entre un div que solo decora y una etiqueta que describe el contenido: header, nav, main, section, article y footer. Esa elección importa cuando el sitio se lee con un lector de pantalla, cuando se adapta al móvil y cuando un buscador intenta saber de qué trata la página. Se practica a leer el código en voz alta: si la etiqueta no describe lo que hay dentro, se cambia. También se aprende a escribir el texto alternativo de una imagen. No vale “foto1”. Tiene que decir qué se ve y por qué está en esa página.
El contenido se organiza en bloques. Cada bloque tiene una idea, un encabezado y el texto que la sostiene. Se practica a quitar lo que no aporta: eslóganes vacíos, listas de adjetivos y párrafos que repiten el mismo dato. Se escribe la oferta, el lugar, el horario si existe y la forma de contacto. Se distingue el texto que orienta al visitante del texto que solo decora. Un párrafo que no responde a una pregunta concreta se reescribe o se elimina. El dominio y el hosting los pone el alumno. En el curso se explica qué es cada cosa, cómo se apunta un dominio a un alojamiento y cómo se suben los archivos, sin vender un paquete cerrado ni esconder el destino del formulario.
La publicación incluye lo mínimo para que el sitio no nazca roto. Se comprueba que los enlaces van a donde dicen, que el formulario tiene los campos necesarios y que no pide datos de más, que la página de contacto se puede usar desde el teléfono y que el peso de las imágenes no deja la web esperando. Se ve cómo nombrar archivos, cómo ordenar carpetas y cómo no pisar una versión buena con un experimento. Se revisa el título de la página, la descripción y la dirección antes de dar el sitio por publicado. Un enlace roto, una imagen que no carga o un formulario que no avisa si el envío ha salido bien se corrigen en el curso, no se dejan para después.
La duración cambia el alcance, no el criterio. Si el curso es de una semana, el resultado es un sitio corto, con las páginas base y un texto publicable. En quince días se añade una segunda lengua o una página más, y se corrigen los textos con más calma. En un mes el sitio crece: más páginas, más revisión y una estructura que ya puede sostener el trabajo de posicionamiento de otros cursos. En los tres casos el alumno publica. La diferencia está en cuántas páginas quedan cerradas y en cuántas vueltas de corrección caben. Ancla no sustituye a un desarrollador cuando el proyecto pide una aplicación, una tienda con pagos complejos o una integración a medida. Sirve para construir y publicar un sitio sencillo, entender el código que lo sostiene y no depender de una plantilla que no se sabe cambiar. Al terminar, se puede montar la primera versión de la web de un negocio y explicar, página por página, por qué está hecha así.